El Museo de Arte Moderno de Nueva York, más conocido por sus siglas en inglés como MoMA, es uno de los imprescindibles en tu lista de viaje, cuando planeas visitar la Gran Manzana. De esta forma me lo explicaba Nano, mientras diseñábamos el recorrido de este viaje en busca de las mejores instantáneas de la ciudad.

Ubicado en el distrito de Manhattan, en el 11 Oeste con la calle 53, encontramos este singular edificio acristalado, datado en 1929, cuya apariencia – pese al género artístico que alberga en su interior – resulta similar a la de cualquier edificio de oficinas que se tercie, salvo por el gran letrero vertical que recorre su fachada y pone nombre, con gran tipografía, a este santuario del arte moderno y contemporáneo por excelencia.


En su interior, sobriedad y minimalismo se dan la mano y hacen que la visita resulte cómoda y relajada, gracias a la amplitud de sus salas y áreas de descanso, sin dejar de sorprendernos en cada rincón con diversas y peculiares obras que deleitan tanto a los amantes de este arte como a los curiosos que lo visitan casi por obligación.

En sus paredes cuelgan piezas de los artistas más conocidos del mundo, en su disciplina y fuera de ella, como los españoles Pablo Picasso con Las Señoritas de Avignon y Salvador Dalí con La persistencia de la Memoria, el holandés Vincent Van Gogh y su Noche Estrellada, el icónico Warhol o el ruso Vasili Kandinsky, entre muchos otros de reconocido prestigio internacional.

Desde sus inicios, esta galería consiguió ser reconocida por albergar aquellas disciplinas que, por las tendencias de su época, no tenían cabida en el resto de museos, contrarios al arte abstracto y el cubismo. Así, entre las obras que lo habitan, descubrimos también interesantes esculturas de los mejores autores de los siglos XIX y XX, como el parisino Auguste Rodin, el polifacético Giacometti o de nuevo un paisano, esta vez turolense, Pablo Serrano, por citar a algunos de los más populares.

Asimismo, haciéndose eco de la evolución del arte y las nuevas tendencias, como no podría ser de otra manera en un sitio como este, en 2012 es el primero del mundo en acoger el código fuente de videojuegos, considerándolos arte, abriendo una puerta a las generaciones más jóvenes, porque el arte debe ser apto para todos los públicos.

Como resumen de nuestra visita, solo cabe decir que colocar este punto de interés en tu ruta neoyorquina es un acierto. Cuando sales del MoMA te das cuenta de que no importa cuán conocedor artístico seas; el arte es de esas cosas en la vida que no decepcionan, te gustarán unas obras más que otras, pero el simple hecho de haberlas experimentado te hace partícipe por unas horas de la locura de los artistas y su burbuja conceptual, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo de nuestra simple realidad.

Un Sábado por la Mañana en el MoMA
Texto © Alicia Jiménez
Fotografías © Nano Calvo 2014

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