Magia, armonía y arquitectura nipona se dan cita a los pies de la colina Inariyama, situada al oeste de Kioto, en el distrito de Fushimi- Ku, dando forma a uno de los rincones, probablemente, más emblemáticos de Japón: El Templo de Fushimi Inari-Taisha (伏見稲荷大社).

GeishaRodeado de la característica y cuidada naturaleza japonesa encontramos este emblemático lugar, visita turística obligada en el país, aunque también conocido mundialmente a través de la obra literaria “Memorias de una Geisha” y de su exitosa adaptación cinematográfica, estrenada en el año 2005.

Este hermoso paraje, fundado en el 711, fue utilizado en los inicios del Periodo Heian como objeto de patrocinio imperial, para más tarde, entre 1871 y 1946, formar parte oficialmente del Kanpei-Taisha, lo que implicaba estar al amparo del Gobierno. En la actualidad, es considerado uno de los símbolos de Japón por la singularidad de su construcción, y por ser el principal santuario Sintoísta, religión nativa del país.

El acceso a este alegórico lugar no alberga ninguna complejidad, salvo la de aprender a manejarse por el entramado del transporte público, estrictamente bien organizado, cumpliendo con sus dos máximas particulares, velocidad y puntualidad.

Así, el hechizo empieza a la salida de la estación de Inari de Japan Railways, frente a la cual se encuentra la puerta de Sakura-mon, que da entrada al santuario Go Honden. Tras él, más de 10.000 toriis (puertas en japonés) forman un sendero de unos cuatro kilómetros hasta llegar a la cima de la colina, donde se halla la diosa que da nombre a este enclave, Inari, conocida como la patrona de los negocios, aunque originariamente se trataba de la deidad del arroz. Este cereal ha sido durante años el cultivo primordial de Japón y, por tanto, uno de los iconos de riqueza para sus pueblos. De ahí que empresarios y particulares, durante décadas, hayan ido haciendo donaciones en forma de toriis de color rojo anaranjado – con sus oraciones grabadas en japonés – o barriles de sake, con el fin de obtener protección y prosperidad para sus negocios (cosechas en la antigüedad).

A lo largo del paseo, diferentes puestos de comida ofrecen Kitsune-udon, plato típico nipón, que obtiene su nombre de los zorros, en japonés Kitsune, también mensajeros de Inari y guardianes sus templos, a modo de estatuas, en cuya boca portan la llave que abre simbólicamente los graneros que han de salvaguardar. Asimismo, es posible observar algunos de los 32.000 pequeños santuarios, bunsha, que posee el templo, como también descubrir su cara opuesta, un espléndido bosque de bambú que nada tiene que ver con la parte donde empezaba el encanto de este sitio, pero que merece la pena recorrer, si aún quedan fuerzas.

Texto © Alicia Jiménez
Fotos © Nano Calvo 

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