Como si de una reliquia se tratase, New York conserva, al sur de Brooklyn, a una superviviente Coney Island, que ha sabido luchar por mantener su esencia a pesar de los varapalos que le ha dado la historia.

Esta península, cuyo nombre original en neerlandés fue Conyne Eylandt o Isla Real, es considerada hoy un icono newyorkino. Con una trayectoria variopinta, lo que fue el balneario de moda para la clase alta del estado durante la Guerra Civil -con más de 40 millones de visitantes al año-, se transformó con el tiempo y el auge de los negocios de alterne y azar en una zona de mala fama y finalmente, con la llegada de la Gran Depresión, en una barriada de recursos limitados, condenada al olvido. Un abandono que bien supo aprovechar la industria cinematográfica, quien la utilizó como escenario de varias películas con sus monstruosas esculturas de madera y hierro oxidado como telón de fondo, y en su momento también conejillo de indias para los inventos de Thomas Edison.

Este lugar, contenido en siete kilómetros de largo y 800 metros de ancho, a unos 32 kilómetros de la Gran Manzana y con una bonita playa, es el escenario retro perfecto para que los vecinos de economía moderada de Nueva York escapen unos días de la urbe.

Llegar hasta allí es sencillo y asequible para cualquier bolsillo, gracias al tren que une la península con la Gran Manzana, en apenas una hora de trayecto. Cabe destacar que si por algo fue y es conocida Coney Island es por sus parques de atracciones. Aquellos que un par de siglos atrás la hicieron famosa y que hoy siguen siendo su buque insignia. Por un lado, Luna Park, que volvió a abrir sus puertas en 2010 y rinde homenaje al mítico parque cerrado en 1944, y por otro, Deno’s Wonder Wheel, fundado en 1920.

Atracciones como la Wonder Wheel, declarada lugar de interés nacional, junto con Cyclone, una montaña rusa que mantiene el mismo aspecto de madera destartalado con el que se inauguró en 1927, manteniendo los coches originales, hacen las delicias de los visitantes a su llegada a este inalterable lugar. Recorrer la avenida Stillwell desde la estación o cruzar la avenida del Surf para acabar en el Nathan’s Famous, degustando uno de sus genuinos Hot Dogs -los más antiguos de la historia-, son algunas de las actividades que merece la pena llevar a cabo durante la visita.

Pero, sin duda, la mejor experiencia –relajada e interesante al mismo tiempo- se encuentra en su paseo marítimo, construido en madera, por donde desfilan y bailan a diferentes ritmos, en función de la cultura, un sinfín de personas, dignos de observar. Tan legendario como el desfile anual de sirenas y neptunos que tiene lugar cada año, con motivo del comienzo de la temporada estival y durante el cual, cada 4 de julio, desde hace 97 años, se celebra el mítico concurso de perritos calientes, donde gana el que mayor número de Hot Dogs sea capaz de engullir en el tiempo establecido para ello (con el consiguiente mérito de no morir atragantado en el intento).

Coney Island: The World in a Broadwalk

Además, fruto de su rehabilitación, cuenta con la sede del equipo de béisbol Brooklyn Cyclones, con un nuevo acuario –que acoge a más de 350 especies marinas– y modernizados restaurantes y tiendas que devuelven a Coney Island el prestigio que le arrebató el paso de la Segunda Guerra Mundial.

“Tomé estas fotografías del paseo marítimo de Coney Island durante una breve visita a este fascinante lugar, en junio de 2013 – cuenta Nano -. Quedé fascinado por la cantidad de gente, de todo tipo y condición, que caminaba, bailaba y disfrutaba sin descanso sobre la superficie de madera, creando un enclave único para el disfrute de la pluralidad cultural y la observación del entretenimiento ajeno, en sus diferentes formas”


Texto © Alicia Jiménez

Fotos © Nano Calvo

Queda prohibido el uso no autorizado de cualquiera de estas fotografías.
Todo el material está disponible para su publicación. Si eres editor/a
y estás interesado/a en el reportaje, no dudes en contactarnos.