Ubicado en el Atlántico Norte, al Noroeste de Escocia y a medio camino entre Islandia y Noruega, encontramos este bello archipiélago compuesto por 18 islas. Las Islas Feroe, cubiertas por un omnipresente manto verde y separadas por estrechos fiordos, son el hogar de unas 50.000 personas, cuyos rincones hemos tenido la oportunidad de visitar durante cuatro intensivos días que intentaré narrar con la ayuda de mis fotografías y algunas palabras relacionadas.

Vágar y Eysturoy

Tras pasar el día en Copenague (København), donde hago lo posible por visitar algunos puntos clave y tomar las respectivas fotos, me encuentro más cerca de satisfacer el viejo deseo de caminar por las verdes laderas que tantas veces había visto, durante años, decorando las fotografías de otros autores. Por la tarde, Alicia viaja a la capital danesa para encontrarnos y tomar, al día siguiente, el vuelo que aterrizaría en Vágar e iniciaría esta breve pero memorable aventura.

El vuelo, operado por la aerolínea nacional, Atlantic Airways, es breve y satisfactorio, durando poco más de dos horas. Nos recibe un clima algo frío, en comparación con el calor que reina en Madrid, y ligeramente lluvioso, aunque es obvio que la lluvia ha de estar presente para que ciertos paisajes tomen forma, como sucede en Galicia y Asturias, por poner ejemplos de parajes hermosos y cercanos. Una vez en el pequeño aeropuerto, recogemos las maletas y nos dirigimos a la oficina de alquiler de coches, donde nos hacemos con nuestras llaves y comenzamos a mirar el mapa en busca de las primeras direcciones.

Tal y como nos sugieren Annleyg y Ditte, especialistas de la zona, decidimos visitar algunos pueblos de Vágar, la isla que pisamos, antes de emprender el camino a la isla de Eysturoy, donde pasaremos la primera noche.

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A un ritmo relajado, respetando los límites de velocidad – 50km en pueblos y 80km en las carreteras principales -, conducimos por una vía tranquila y segura, parando en varias ocasiones en el camino hacia SørvágurBøur y GásaldurAfortunadamente para el visitante, el clima parece cambiar constantemente, por lo que las breves lluvias dejan paso a fases secas y momentos en los que prima la presencia del sol. Para nuestro deleite visual, la naturaleza está presente en todo momento, en forma de verdes montañas y refrescantes cascadas que las surcan, en un ritmo constante y ordenado que transmite cierta paz. También son frecuentes los animales domésticos, resultado de 1.200 años de cruces aislados, incluyendo ponis, patos y ovejas que, con frecuencia, cruzan la carretera, te sacan una sonrisa y justifican una conducción atenta y moderada.  

Gjógv – Luego de este primer contacto con las islas y con su pintoresca arquitectura – nos encantan las coloridas casas de madera y la hierba sobre los tejados -, nos desplazamos hasta la punta Noreste de la isla de Eysturoy, donde se ubica el pueblo de Gjógv, reducido y digno escenario de un cuento danés. Datado por vez primera en 1584, se le supone una existencia anterior, siempre unida a la pesca y la venta de pescado seco y salado. Antes de dar un paseo por esta encantadora aldea, que personalmente disfruto desde el primer instante, decidimos comer algo en la cafetería de Gjáargarður, hotel donde pasaremos la noche y disfrutaremos de una amena velada cultural.  

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Una vez satisfecho el hambre, es tiempo de una breve siesta en la habitación, antes de volver a las calles con la cámara preparada y la curiosidad recargada al máximo. Lo primero que llama nuestra atención es el jardín del vecino del hotel, quien ha decorado sus tierras con coloridas y creativas muñecos, objetos y obras de artesanía, tal y como se aprecia en la foto inferior. La aldea, un lugar idóneo para huir de los humos y ruidos de las densas ciudades, es pequeña y silenciosa, así como conocida por disponer de uno de los mejores puertos naturales de las Feroe.  

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Es el momento de volver al hotel y disfrutar de la velada cultural que, al parecer, organizan de forma regular. El evento comienza con la actuación de un cantautor local, de cuyo nombre no logro acordarme, a mi pesar. Una vez escuchadas varias canciones, se nos invita a configurar nuestra cena con una variedad de exquisitos platos, disponibles en la habitación contigua, habilitada como buffet. La calidad de la comida es realmente buena e incluye sabores que disfrutamos y comentamos, gracias a las bienvenidas diferencias y a la importancia de recetas creadas con deliciosos pescados de las frías aguas circundantes. 

El comedor, bastante espacioso, se transforma después en una improvisada pista de baile, donde el amable personal del hotel, así como varios amigos y clientes locales, nos presentan el baile tradicional feroés (føroyskur dansur). En lugar de fotografías, he optado por compartir un vídeo del momento, confiando en que os permitirá apreciarlo con una mayor cercanía. El baile supone el final perfecto para una velada que, aunque no barata, recomiendo si os encontráis en la zona. Concluímos el evento conversando distendidamente con una amable pareja de una isla cercana, antes de dar el último paseo y retomar el descanso, necesario para afrontar los intensos días venideros.

Trekking en Kalsoy

Denominada “la flauta”, por su delgada silueta y sus túneles, Kalsoy es una de las Islas del Norte en las Feroe, accesible mediante un ferry bautizado como Sam. A pesar de nuestros ajustados cálculos para llegar al puerto de Klaksvik, el pueblo de donde parte el barco, logramos llegar justo a tiempo, casi milagrosamente, y ocupar una de las limitadas plazas destinadas al transporte de vehículos hasta nuestro destino, el puerto de Syðradalur.

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Durante el viaje, que resulta breve y placentero, la afable tripulación nos permite movernos con libertad y entrar en la sala de control, donde tomo algunas fotos del capitán y el panel de mandos. El ferry dispone de varias plataformas donde situarse, desde las que se aprecian diferentes perspectivas del crucero, algo que se agradece para disfrutar de las vistas y de los espectaculares paisajes, especialmente, imagino, durante los días totalmente soleados. 

Una joven pareja polaca, a quienes casualmente habíamos visto previamente, en el avión y en la aldea de Gjógv, nos pide ayuda para llegar hasta Trøllanes. Con nuestra evidente respuesta positiva y con un silencio imperante, Alicia conduce y nos lleva hasta este reducido enclave, en el extremo Norte de la isla, mientras admiramos las vistas que ofrece la atractiva combinación de acantilados dramáticos, generosos fiordos y valles cubiertos de un verde intenso y refrescante. 

Una vez hemos recorrido el lugar, tomado las pertinentes fotografías y visto a la pareja polaca por tercera y última vez, decidimos que es el momento de poner nuestras piernas a trabajar y ascender por una de las montaña que imponen su presencia y dan forma al valle que nos rodea. No estamos seguros del camino adecuado, pues olvidamos los papeles en el coche, por lo que encaramos una ladera que comienza en uno de los extremos del pueblo, al poco de concluir la pequeña carretera. 

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Cuando miras la montaña por primera vez, si no eres un excursionista frecuente, resulta complicado creer que uno será capaz de ascender por el supuesto camino, pues parece más vertical de lo que finalmente supone. Aunque no es el trekking más complicado, por supuesto, tampoco es el más sencillo, pero la forma de la ladera actúa como una escalera natural e invita a la subida, a pesar de que la lluvia esporádica se ha encargado de humedecer la tierra y la hierba que pisamos con tiento.

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Dos divertidas horas, y varios resbalones después, decidimos que ha llegado el momento de hacer una parada y comer algo – se recomienda llevar comida, pues no tenemos constancia de que exista un lugar cercano donde comer -, en una roca perfecta para tal menester, casi en la cima de la montaña.

Con el estómago feliz y el alma enriquecida por el disfrute de unas vistas magníficas, llega el momento de descender por el mismo camino, para seguir con el horario planeado. Debemos tener cuidado, pues la lluvia, suave pero frecuente, ha dejado el terreno resbaladizo, lo que supone la excusa perfecta para caernos en repetidas ocasiones y deslizarnos varios metros, ladera abajo. Antes de subir al coche y volver al ferry, optamos por caminar por la parte baja de la montaña, hasta que damos con el lugar idóneo para tumbarnos sobre la fresca hierba y respirar el aire puro y limpio de las bellas Feroe. 

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A pesar de que nuestro plan incluye la cena en Lena og Jákup Hansen (La casa de Lena y Jakup), en el pueblo de Søldarfjørður, un malentendido con la fecha de reserva nos deja con las ganas de probar su comida tradicional y pasar un tiempo en el interior de un hogar feroés. La próxima vez será, nos decimos. 

Algo cansados y relajados tras el esfuerzo físico y las emociones, llenamos el depósito para los días venideros, donde dará comienzo la segunda parte de esta breve e intensa aventura en las Feroe, con base en la capital, Tórshavn.

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Gracias a Annleyg y Ditte, por su gran ayuda,
y al personal de Gjáargarður por su amabilidad.

4 DÍAS EN LAS ISLAS FEROE

Parte 1 / Vagar, Eysturoy y Kalsoy

Próximamente: Parte 2 / Streymoy y Mykines

Queda prohibido el uso no autorizado de cualquiera de estas fotografías.
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© Nano Calvo